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«Lo doy todo de mí, y así me lo paga»,  «Si yo lo hago todo por él, ¿él no puede hacer eso que yo le pido?»

¿Te sientes identificada con estas frases?

Es algo que me suelo encontrar a menudo. Tú das lo mejor de ti, sin que nadie te lo pida, das y das. Lo haces encantada porque la persona te lo valora, te lo agradece, te halaga. Pero, entonces, como dice Bisbal: «¿Qué milagro tiene que pasar para que me ames?». 

La crónica «dar y dar y no recibir»

Al tiempo eso no es que empiece a pesar propiamente dicho, tan solo es que empiezas a ver que tu pareja no te lo «devuelve» de la misma manera. Tú te quedas esperando a que eso pasa. Lo dices. Lo pides. No te parece que eso ocurra. Y al final, exiges. Te quemas. Esa relación termina acabándose. Y tú, no te quedas con que has vivido. Te quedas con que «has aguantado», con que has perdido el tiempo dando tanto de ti. 

La cruda realidad.

Flor, ¿quién te pidió que dieras? Y en última instancia, ¿podrías haber declinado la invitación?.

Lo sé. Darte cuenta de esto es casi más molesto que lo otro. Pero eso es lo que quiero que veas en este momento. 

¿Sabes desde dónde das? No das desde el amor. Das desde carencia. Al dar desde ahí cuando no te lo devuelven, te duele. Y te duele mucho porque conecta con tu herida. Esa que esperas que la curen, que la reparen…Y eso, solo te corresponde a ti. 

¿Sabes qué poder das a la otra persona? El ritmo de la relación, tu bienestar…tu valor. Porque te ves a través de los ojos del otro. Dejas que el otro sea el que defina tu valor. Si esa persona no te dice lo buena, lo valiosa que eres…lo esperas, ¡¿cómo no!?. Estás haciendo constantemente un sobreesfuerzo para que te vea. 

Es como si quedarás 20 horas en tu trabajo para acabar todo el trabajo tuyo y de tu jefe sin que él te lo pida. Es un sobreesfuerzo. Lo mínimo que esperas es que te diga: «Flor, ¡cómo te has esforzado. Muchas gracias. Eres maravillosa». Eso es un sobreesfuerzo: lo haces de forma puntual. Pero, ¿podrías funcionar así todos los días? ¿crees que si tu jefe no lo reconociese tu seguirías haciéndolo…?

¿Vas viendo que hay algo en todo esto que no huele bonito?

Pero, ¿no era lo normal dar todo en la relación…?

En contra de lo que nos ha vendido la sabiduría personal, no. No sé si es lo normal (a veces, pienso que es lo que está normalizado) pero no es lo sano. 

Date cuenta que cuando queremos hablar bien de alguien se dice aquello de «es que lo da todo…» «se entrega en cuerpo y alma…» como sinónimos de calidad humana. Validamos quedarnos vacíos por el bien ajeno. 

Cuando te das más de lo que puedes, hay esa falta de amor propio. En el fondo hay un pensamiento de si me muestro como soy, me van a abandonar, no me van a querer. Se van a ir de mi lado. Así que debo entregar para que me elijan, para que me quieran. No me valoro, mi valor es el que me da el otro. Por eso cuando no me da me siento tan vacía, tan triste, tan rabiosa…Y te pierdes doblemente: te perdiste al verte a través de los ojos del otro y necesitarle para que te diga lo maravillosa que eres y, te perdiste cuando dejó de valorar lo que hacías por él.

Los riesgos de dar todo y no recibir. 

Además de lo que ya hemos comentado. Para mi existen dos cosas especialmente reseñables que siguen haciendo de todo esto una espiral de autodestrucción: 

  • Los vínculos.

Evidentemente sí, habrá gente que te quiera de verdad. Pero serás un imán para vínculos de aprovechamiento infinito.

Me explico: las personas que buscan vínculos equitativos es probable que sientan que no están a tu nivel, se sientan mal porque estarán percibiendo que te deben algo. No es porque ellos den poco, sencillamente es que tú das mucho. 

¿Quiénes se pueden sentir bien a tu lado? Personas que se encuentren bien recibiendo sin pedir, recibiendo mucho y dando poquito y con escasa capacidad para detectar tus necesidades. Estarás de acuerdo conmigo que esto solo seguirá aumentando tu creencia de «doy todo y no recibo lo mismo». 

Antídoto: date a ti misma en primer lugar lo que necesites. Satisface tus necesidades básicas.  Que no requieran de nadie más. Así podrás permitirte, después dar sin la «necesidad». Dar desde el amor y la libertad. Así, si ves que no recibes darás media vuelta, no te quedarás «porque ya que has dado tanto, ¿cómo te vas a ir sin nada?». ¿Lo ves?. 

  • Cuando pones límites.

Si en algún momento decides decir «hasta aquí» y dejar de dar desproporcionadamente es probable que, algunas personas,  se sientan dolidas y te reprochen ese cambio de conducta. Muy probable sean esas personas que se sienten bien recibiendo y no dando, por lo tanto, como puedes imaginar no serán una gran pérdida y podemos decir que será beneficioso para tu desarrollo. Ya sé que es probable que esto ahora mismo te de estupor pero, esa es reacción es la que tenemos que mirar de frente y ver qué nos quiere decir. 

¿Qué podemos hacer para dejar de dar todo?

  • Detecta eso, precisamente. «¿Qué es lo que me da miedo? ¿Por qué me doy así? ¿Qué es lo que quiero llenar vaciándome?» Seguramente ya lo tengas claro tras leer el artículo pero te quiero pedir que des rienda suelta a tu creatividad junto con tu sinceridad, que cojas lápiz y papel y escribas. Cuéntate eso que te da miedo contarte, ponlo en palabras, permítete tiempo y, sobre todo permítete sentir. No te tapones. Sé que a veces, la intensidad emocional puede abrumar. Pero son tus emociones, no las temas. Quizás no te agrade lo que encuentres pero es conveniente que sepas lo que hay y decidas que haces con ello, que seguir ignorándolo. ¿Te cuento un secreto? Solo no se irá.

 

  •  Llénate. Te lo conté antes. Aprende a darte lo que necesitas. Cuando llevas tiempo dándote a los demás, pasa que a veces no sabes lo que necesitas. Puede costarte tiempo: concédetelo. Cuestiónate. Quizás tengas la sensación de empezar a conocerte. ¡Pues genial: mejor ahora que nunca!. Desde las grandes decisiones a las triviales, párate y concédete.

Te confieso que Mónica, yo,  de hace muchos años, se colgaba de cualquier plan y compañía fruto del poco amor que me tenía. Cuando empecé a trabajarme, me dolía que muchas veces no sabía que me gustaba. Llenar mi vida de cosas que me gustaba era una gran responsabilidad y pasaba por mirarme. «¿Te vienes a tomar café?». Mi respuesta era un: «¿te lo puedo decir más tarde?». Me concedía tiempo para decidir si eso me nutría. Estaba desentrenada. Lo entrené y se agilizó. Pero suelo seguir usando esa fórmula. Son elecciones conscientes: mi tiempo y mi presencia son cosas que cuido y me permito esos espacios. Además, ¿sabes qué me parece a mí lo bonito? No darte nunca por conocida. Siempre se lo digo a mis clientas. Busca redescubrirte cada día: es mágico. Y lo mismo con nuestras parejas. Si a Juan lo veo igual a los 20 que a los 40, directamente nunca lo observo. Solo lo veo. Todos cambiamos. Mejor que aprendamos a cultivar la mirada curiosa hacia nosotras mismas y las personas que queremos. ¿Qué te parece?

  • Decide el momento para dar, cuando tú ya estés cubierta. De este modo lo harás desde el altruismo y la generosidad auténtica, desde la compasión y el amor al prójimo, no desde el miedo. Elige a quién, cómo y dónde. Elige tus tiempos. Para que no te suponga un esfuerzo añadido y tengas la tentación de seguir poniéndote por detrás.

 

  • Sé la protagonista de tu vida. «Juan quiere que vayamos más despacio», «María quiere que vayamos al cine», «Pepe necesita las botas nuevas»…Stop, baby. ¿Qué necesitas tú? ¿Qué quieres hacer tú? ¿Cómo quieres tu relación con Juan: más despacio o más rápida? ¿Quieres ir al cine hoy o te apetecen más unas cañas con María? ¿Puedes y te apetece regalarle a Pepe estas botas? ¿Supone que dejes de comprarte algo tuyo…? No te des medicina que te hace reacción. Entiéndeme, sabes que no te sienta bien a ti, ni a tus relaciones que vivas a la sombra. Vive tu vida, no generes deudas. Cúbrete tú, brilla en tu vida. Créeme que no vas a brillar en ninguna otra, y que esto no es ensayo. Es la obra. 

 

  • Aprende a pedir. Lo primero que debes hacer es hablar contigo para aprender a detectar esas necesidades que no has atendido durante todo este tiempo. Y cuando la tengas, si depende de la otra persona, pídela. Pedir no es exigir. Es saber que tú tienes el derecho de pedir, pero la otra persona tiene el derecho de elegir.  Si esa persona no puede/ quiere concederte esa petición, tan sólo tú serás la única responsable de lo que haces con tu necesidad. 

Cuando aprendes a cuidarte y quererte, concederte, entiendes que el resto de las demás personas también lo hagan. Ahora estás jugando las mismas normas del juego y no te sientes desatendida. 

Mi reflexión.

Hoy quiero que venga en forma de foto. Y te lo dejaré reposar. 

 

Es a ella, a tu yo de peque, a tu niña interior la que acallas y dejas en el último lugar, para complacer a otros. Y le duele. No se lo merece, y no te lo mereces. Porque cuando lo haces confías y te entregas al otro pensando que esa persona hará lo mismo que tú haces por ella. Y cuando eso no pasa es ella la que se enfada es ella y conectas con sus heridas, tus heridas de infancia. Hacerte cargo de lo que tú y ella necesitáis, te corresponde a ti. Ahora de adulta, solo te corresponde a ti. 

Eres mucho más que vaciarte, que ignorar tus necesidades y relegarte para esperar que alguien acuda a tu rescate.

Ya, así, eres un ser que merece ser amado. Sin más.

Pero además, no te catalogues más como esa persona que lo da todo. Seguro que tienes muchos más atributos que te hacen muy valiosa y que no te has puesto a explorar. Puedes alimentar esos que asoman, puedes cultivar nuevos…

¿Sabes cuántas cosas puedes hacer?¿Por dónde vas a empezar?

¡Te leo, mi flor!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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